El Paraíso existe. Sí, yo lo he visto, creedme. El lugar donde el hombre y la mujer fueron felices, no es producto de los guionistas del Génesis, los mejores cuenta-cuentos de la historia, dicho sea con todos mis respetos religiosos, sino que ocupa un lugar en la Tierra. El Paraíso existe y yo lo descubrí en un reciente viaje a Dublín, Irlanda. Es un espacio muy reducido de la ciudad, eso si es verdad, pero para qué necesitamos más si es el Jardín del Edén y se supone que está todo lo mejor y en cantidades que jamás podríamos agotar. Es un rincón entre la calle Essex y la Crown Alley, aunque allí dicen que está en la calle Dublín número 2. Y, como los lugares emblemáticos, da nombre a todo un barrio y un modo de vida. Pero no hagáis caso de las leyendas, es un lugar mágico que hacía las funciones de faro en la esquina de la orilla sur del río Liffey y que guiaba a los irlandeses que volvían en barco a Dublín.

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Para preservar la esencia del lugar los irlandeses construyeron un edificio, rojo por fuera y con letras doradas, a imagen y semejanza del mismísimo Infierno. Según cuentan los parroquianos más antiguos de lugar, se ideó para despistar a los profanos, tanto que lo bautizaron con el nombre de Temple Bar. Ni a JJ Abrahams, el guionista de Lost, se le hubiera ocurrido un nombre mejor: el Temple Bar.

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Y dentro está todo lo que un buen Paraíso debe tener: un jardincito para respirar humo y aire fresco al mismo tiempo, música en directo, camareras, buena conversación, poca luz, comida y bebida, mucha bebida. Como todos los pubs de Dublín, sirven comida y cena pero no te aconsejo que comas allí a no ser que estés muerto de hambre y no haya más sitios abiertos, cosa difícil en una ciudad en la que se bebe más cerveza que agua. Si no queda más remedio puedes pedir uno de sus sandwiches desde 2,50 € hasta los 6 €. El resto de comida es cara y muy normalita.

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Pero para alcanzar el nirvana hay que tomar una buena Guinness mientras escuchamos música irlandesa (6 €). Sin duda es una buena combinación ya que los soniquetes de estas latitudes europeas son demasiado repetitivos para escucharlos durante un largo periodo de tiempo si no es con unas cuentas pintas en el cuerpo. Así las canciones suenan de otra manera, vamos que suenan como tú quieras. Todos los días hay actuaciones desde las 2 de la tarde hasta las 2 de la mañana.

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Y aunque parezca un sacrilegio entrar en una cervecería antes del mediodía, recordad que alguna vez le recetaron Guinness a las madres que amamantaban y a diversos enfermos debido a su “efecto animador”. Tiene un jardín interior del que hacen gala en toda Irlanda, pero no sólo por sus plantas que tiene pocas o ninguna sino porque se puede fumar, algo que está prohibido en todos los bares del país.

Y como todos los lugares míticos tiene su lado negativo, a pesar de ser el pub más antiguo de Dublín no se conoce que ningún músico irlandés con cierta fama haya tocado o trabajado en él. Al menos por ahora, seguiremos bebiendo.

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