Hemos seleccionado ocho pero podrían ser más. Míticos cafés de América, Europa y África, en los que además del desayuno o la merienda, ofrecen décadas de historia y literatura.

Algo místico, una envoltura literaria, su aroma, las palabras escritas en servilletas. La lírica. El tacto que deja en los labios, la espuma. El café despierta tantos amantes como el buen vino, como un buen romance. Por un lado el café como materia prima, porque a pocas personas hay que su olor, más incluso que su sabor, no le active. Por otro lado, el café como institución, como espacio de encuentro.

La memoria del tiempo acompaña a estos lugares que a fuerza de historias, escritas y contadas desde ellos, se han convertido en protagonistas de un sentir colectivo. “Una buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas y tantos poemas como una botella de tinta”, escribió Rubén Darío. De Nicaragua hasta España, el café ha sido tema recurrente de autores, quizá porque bajo sus efectos y desde sus espacios escribieron sus mejores versos. Josep Plá apuntó: “Durante muchos años, he sido un bebedor de café. Ha habido días en los que he tomado demasiado. Los cafés me han producido una indudable taquicardia, pero al mismo tiempo han creado en mí una vivacidad y una curiosidad por las cosas extremadamente rápida y comprensiva”. Es así, el café reactiva y no solo por su cafeína. No es casualidad que si se visita el Museo de cera de Madrid, los autores –de Lorca a Alberti– se reúnan en torno a un café, al Gijón concretamente, un clásico.

De Madrid a Buenos Aires: cafés literarios
No hay grafómano que no se haya detenido ante el Café Gijón de Madrid, representante de la cultura madrileña desde 1888. Lo tituló Paco Umbral, ‘La noche que llegué al Café Gijón’, y no se equivocaba, cafés como el Gijón atrapan la esencia del romanticismo, aunque sus precios estén más acordes al bolsillo del aristócrata que al del bohemio. Antoni Martí Monterde explica, en su ‘Poética del café’, cómo estos lugares se convirtieron en espacios de encuentro. La literatura costumbrista es herencia directa del escritor que, sentado en el café, observa el mundo a su alrededor y lo escribe: de Larra a Elvira Lindo.

Café Gijón, en Madrid, frecuentado por Machado y Hemingway.
Café Gijón, en Madrid, frecuentado por Machado y Hemingway.

Al otro lado del charco, con los mismos ideales, está el Café Tortoni, en Buenos Aires, Argentina. Lo inauguró un francés en 1858 y comenzó albergando a la élite de la cultura parisina exiliada. No tardó en ser frecuentado por artistas; el dueño lo tenía claro: “Los artistas gastan poco, pero le dan fama al café”. Así fue, hoy el Tortoni forma parte de la historia porteña.

Café Tortoni, en Buenos Aires, al que acudían Borges y Cortazar.
Café Tortoni, en Buenos Aires, al que acudían Borges y Cortazar.

De Brasil a Hungría: cafés de lujo
La Confitería Colombo, en Río de Janeiro y Copacabana, es otro clásico. Durante más de un siglo –se fundó en 1894– se ha arraigado en el país, convirtiéndose en patrimonio cultural de Brasil.

Confitería Colombo, símbolo cultural de Brasil.
Confitería Colombo, símbolo cultural de Brasil.

De regreso a Europa, el New York, en Budapest, Hungría, es para muchos el café más lujoso del mundo. Se fundó en 1894, y pertenece desde 2001 al hotel Boscolo Budapest. El local, decorado con frescos y en el que predominan los tonos dorados, se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de Europa central.

Café de la Paix, cerca de la plaza de la Ópera de París.
Café de la Paix, cerca de la plaza de la Ópera de París.

En Francia, cuna cultural, también hay un café mítico, el café de la Paix, que se inauguró en 1862 en París. Su historia se ha creado a la orilla de alegorías y ensoñaciones, respaldadas por fieles como Oscar Wilde. Entre otras, se cuenta que la primera vez en décadas que el café cerró fue en 1939, cuando se declaró la guerra.

Italia: al sabor de un capuchino
Aunque si el café tuviera que instalarse en un lugar, sería Italia, que podría visitarse entera bebiendo capuchinos. El Florian, en Venecia, es uno de los cafés más antiguos del mundo. Ubicado en la plaza de San Marcos y fundado en 1720, en él han dejado sus huellas artistas como Casanova, Lord Byron, Proust, Dickens, Goethe, Modigliani o Henry James.
En Roma, el Antico Caffe Greco es el café más antiguo de la ciudad, y desde 1760 ha acogido desde reyes a artistas. Con sus camareros de frac y sus salones de gran belleza, destacan la Sala Rossa, y la biblioteca, con libros que cuentan la historia del café. Gogol, Wagner, Goethe, Casanova o Stendhal fueron algunos de los pensadores que se sentaron en sus sillas y pidieron un café mientras se maravillaban, seguro, con las 300 obras de arte que se exponen en el local.

Camino de los 300 años de historia lleva el café Florian, en Venecia.
Camino de los 300 años de historia lleva el café Florian, en Venecia.

Tánger: cuando el café se convierte en té
Con un estilo totalmente diferente a los de Europa y América, África también tiene un café mítico, el Hafa, en Tánger, resquicio de los años dorados del Protectorado. Su mayor reclamo es haber sido el lugar predilecto de los Rolling Stones. Aquí no predominan los dorados y los rojos aterciopelados de los cafés europeos, sino que los viajeros se sientan en unas gradas que dan al mar, cada vez menos visible con el crecimiento de la urbe. Aquí el café es a menudo sustituido por un té de hierbabuena extremadamente dulce.
A cambio, lo que sí comparten todos estos cafés, Marruecos incluido, es el espíritu romántico. Ya lo reconocía Truman Capote, si no estaba “sorbiendo” un café, no podía escribir. No era el único.

 

2 Comentarios

  1. Me encanta el sabor del café, cuando puedo compartirlo con una buena amiga.

    Me fascinan los cafés, en los que se dan tertulias literarias, porque no hay nada más preciado que el alma de un artista que está en plena evolución.

    Esos cafés además suelen tener una estética muy cuidada como los que recoges en el artículo.

    Saludos.

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