¿Eres un aventurero de método? Entonces seguro que has leído la novela de Daniel Defoe y es el momento de que conozcas el lugar que sirvió de inspiración. Sólo te adelantamos dos cosas: está en Chile y el entretenimiento está asegurado.

Guarda la brújula porque ya hemos localizado en el mapa la Isla de Robinson Crusoe. Existe realmente y es el paradigma de la aventura que todo intrépido debe conocer. Pertenece a la provincia de Valparaíso, en Chile, y se ubica en el archipiélago Juan Fernández en honor al marino español que la descubrió en 1574. Antes de relacionarla con la novela, se la conocía como ‘Más a Tierra’ o ‘Más Atierra’. No es una isla desierta, pero en ocasiones lo parece. Su población ronda los mil vecinos (según datos de 2014) y casi todos están concentrados en la ciudad de San Juan Bautista, en la bahía Cumberland, la zona con más tráfico marino de la isla. Sólo un 1% de los chilenos conoce este destino, razón por la cual te sentirás un verdadero explorador privilegiado.

Turistas preparando sus kayaks en la Bahía de Cumberland / Germán Recabarren Bordones
Turistas preparando sus kayaks en la Bahía de Cumberland / Germán Recabarren Bordones

¿Náufrago o turista?

La mejor forma de llegar a la isla no pasa por naufragar a lo Robinson, sino por coger una avioneta. Hay vuelos regulares que salen desde Valparaíso o desde Santiago de Chile, así como de los aeródromos de Tobalaba o Pudahuel y desde Torquemada, en Viña del Mar. La de Robinson Crusoe es una pequeña isla de a penas 50 kilómetros cuadrados con un pasado histórico como prisión en tiempos de guerra que le confieren un aura de misterio más allá de la leyenda.

No hay piratas con pata de palo y un parche en el ojo, pero si muchas actividades para no aburrirte desde el Cerro Centinela hasta El Yunque, el pico más elevado con casi mil metros sobre el nivel del mar. Al encontrarse en el Pacífico Sur, las aventuras acuáticas son las más solicitadas: pesca deportiva, buceo, surf y kayaks. En tierra firme también puedes disfrutar con paseos a caballo o senderismo al mirador de Selkirk, Plazoleta el Yunque, Salsipuedes, Puerto Francés y Bahía de Villagra.

Acampada con el Yunque al fondo /Germán Recabarren Bordones
Acampada con el Yunque al fondo /Germán Recabarren Bordones

Literatura vs realidad

Como si de un naufragio se tratara también el título completo de la obra del inglés Daniel Defoe se fue a la deriva hasta quedarse en un sencillo ‘Robinson Crusoe’. Su título inicial era ‘La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe’. En ella se narra el naufragio de un marinero inglés, de York, “quien vivió veintiocho años completamente solo en una isla deshabitada en las costas de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco; habiendo sido arrastrado a la orilla tras un naufragio, en el cual todos los hombres murieron menos él. Con una explicación de cómo al final fue insólitamente liberado por piratas. Escrito por él mismo”. Así rezaba la nada visual portada original de la obra, editada en Londres en 1719. Cuando se conocieron estas islas del sur del Pacífico y la historia de otros desastres reales, se relacionó rápidamente de donde provenía la inspiración. Una de estas tragedias la vivió Pedro Serrano que vivió ocho años aislado tras ser el único superviviente cuando el barco de la marina española que capitaneaba chocó contra un banco de arena en el mar del Caribe. Un atolón que hoy lleva su nombre: Banco Serrana.

Barca con el nombre de la Isla Robinson Crusoe. JeremyRichards / Shutterstock.com
Barca con el nombre de la Isla Robinson Crusoe.
JeremyRichards / Shutterstock.com

Pero la verdadera inspiración fue la historia del escocés Alexander Selkirk, quien naufragó en 1705 en una isla que hoy lleva su nombre y que también forma parte del archipiélago Juan Fernández, junto con el islote Santa Clara y otras islas menores. Sin embargo, la que tiene mayor fama es la de Robinson Crusoe por el reconocimiento de la novela literaria cuyo tema es inagotable. Tanto que este mismo año, tres siglos después de su publicación, se estrenará una película de animación sobre el náufrago más famoso de todos los tiempos, historia que ya fue llevada al cine por Luis Buñuel en 1954 y otra protagonizada por Pierce Brosnan en 1997.

Manjar del mar a un tiro de red

Qué más quisiera Tom Hanks en su película ‘Náufrago’ (2000) que haberse topado con la mayor delicia que ofrece esta isla: sus langostas. No sólo no habría adelgazado tanto, sino que a su balón en vez de Wilson lo habría llamado Juan Fernández, precisamente el nombre que reciben estos crustáceos (‘Janus frotalis’). Viven en los fondos rocosos, entre los dos y los casi 300 metros de profundidad y son un manjar que degustarás durante tu estancia, así como si tienes la oportunidad de salir a faenar con un pescador local, conseguirlas tu mismo y prepararlas sin salir del bote en alta mar o en cualquier restaurante de la zona. No son unas langostas cualquiera, están solicitadas por buena parte del planeta en sus mercados y restaurantes. Su pesca, venta y explotación es la base de la economía de la isla.

Langostas de Juan Fernández / Germán Recabarren Bordones
Langostas de Juan Fernández / Germán Recabarren Bordones

Especies endémicas vigiladas con lupa

Ni mapas, ni baúles enterrados con monedas de oro. El mayor tesoro de esta isla de cuento son sus especies, muchas de ellas en peligro de extinción como el pájaro picaflor rojo, el lobo marino y algunas especies de col y helechos. Todas protegidas por riesgo de desaparición y estudiadas por la comunidad científica internacional. Es por eso que el área de Juan Fernández forma parte de uno de los parques naturales chilenos declarados por la UNESCO Reserva de la biosfera. Aquí se mira pero no se toca.

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