Pasado ya el verano, el Mediterráneo vuelve a su encantadora calma y a mostrarnos algunos de sus maravillas naturales y su espectacular patrimonio histórico artístico

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Túnez

Túnez sigue siendo, como ha sido siempre, el prototipo más completo de civilización urbana árabe. No hay ningún otro sitio en el norte de África que albergue en su laberíntica medina -muy bien señalizada-, mausoleos, cementerios, escuelas, baños, monasterios, viviendas, palacios… y todos ellos en perfecto estado de conservación. De ahí que la visita a la capital tunecina pueda reducirse al Museo del Bardo, donde se expone una valiosa colección de mosaicos de los siglos II al IV, y el casco antiguo, en el que se alzaron en la época de esplendor mezquitas como la de Ez-Zitouna, a la que sólo tenemos acceso los no musulmanes al patio central desde donde se atisba la singular sala hipóstila, imponentes mausoleos como el del Bey, en el que descansan los príncipes husanitas, y el de la princesa Aziza Othmana, y medersas o escuelas coránicas como las que están en la calle de los libreros (Palmera y Bachiya) o la más antigua, Mouradía, donde se dio a conocer el rito hanefita. Hay que parar también en sus hammans y en sus elegantes palacios, ocultos tras singulares fachadas, tal como Dar Hussein, que en el siglo XVIII fue usado por un ministro, Dar el Haddad, una ejemplar construcción del siglo XVII, y las residencias palaciegas del siglo XVI Dar Ben Abdallah y Dar Othman

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Cagliari

Es posiblemente el lugar que menos ha cambiado del Mediterráneo, aunque no ha podido evitar la afluencia de turistas atraídos por sus idílicos arenales, como la playa de Boetto, cerca del centro urbano de Cagliari, donde se sumergen los aficionados al buceo para explorar sus enigmáticas cuevas submarinas. Otro de los reclamos de Cagliari es el entramado de angostas callejuelas que conforman la parte antigua de la capital de Cerdeña donde se alzan un anfiteatro, en el que originariamente se representaban batallas navales, la ciudadela y la Catedral, que conserva magníficamente el pórtico, los púlpitos y el campanario. A pesar del tamaño reducido de la isla, en Cagliari hay otro barrio, cerca del puerto. Es el barrio de la Marina, con casas de estilo Liberty, el Ayuntamiento, de estilo Art Nouveau, y numerosas trattorias tradicionales, donde degustar fresquísimos pescados y mariscos. Lo que más llama la atención de sus alrededores es el yacimiento arqueológico de Nora, fundado por los fenicios. De su época de mayor esplendor, que la alcanzó con los romanos, se conservan unas termas con bellos mosaicos, un teatro romano, un depósito cartaginés… y lo que da aún por descubrir bajo el mar.

 

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Florencia

De Florencia enamora su arte, su gastronomía, sus conjuntos arquitectónicos, su ambiente… da igual que se hayan visto sus atractivos infinidad de veces en los libros y que haya que hacer interminables colas para acceder a los principales puntos de interés. En la cuna del Renacimiento italiano hay que detenerse en El Nacimiento de Venus de Botticelli, la Venus de Tiziano y la Anunciación de Leornar da Vinci, que se guardan la Galería de los Uffizi. También hay que pasar por la Galería de la Academia a admirar el David de Miguel Ángel, esculpido a principios del siglo XVI con unas enormes manos y cabeza, y por el Casone Adimani, un bello arcón de madera embellecido con pinturas que nos dan a conocer la vida florentina en el siglo XV. Luego, por supuesto, hay que dirigirse al recinto de la Catedral, que lo conforman el Duomo, fácilmente reconocible por la cúpula de Brunelleschi -que mide 91 metros de altura y 45’5 metros de diámetro-, la torre del Campanario, desde donde se captan una vista fabulosas de la ciudad de Dante, y el Baptisterio, que aún mantiene en perfecto estado los bajorrelieves de sus puertas de bronce.

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Roma

Los Museos Vaticanos, la Capilla Sixtina y la basílica de San Pedro, en el Vaticano, la cinematográfica Fontana di Trevi, la tumultuosa Plaza de España, la escultórica Plaza Navona o el Anfiteatro Flavio, conocido por todos como Coliseo, han contribuido a hacer de Roma un lugar único, al que hay que ir por lo menos una vez en la vida. Pero tampoco hay que olvidarse de disfrutar de sus entrañables cafés, recorrer sus heladerías clásicas y comer en sus pizzerías más genuinas (pizzería Montecarlo, Via Vicolo Savelli). Está Il Caffé Greco, abierto en el año 1760 en la Vía Condotti 86, regentado por artistas e intelectuales , un local, el Café de París (Vía Veneto 90), en el que el director Federico Fellini grabó varias escenas de la película Dolce Vita, y el establecimiento, Caffé Sant’Eustachio, en el que sirven uno de los mejores café expresso de Roma. También hay que pasar por la históricas heladerías Giolitti (Vía Uffici del Vicario, 40), donde se puede probar su afamada copa, que incluye helado de chocolate y crema Sabayón, y a la heladería Della Palma (Vía Della Maddalena, 20), con una gran variedad de sabores.

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Messina

La ciudad de Messina, emplazada al norte de Sicilia, menos conocida pero no por ello menos atractiva que cualquier otro enclave mediterráneo, es un destino realmente sorprendente. Su singular estilo conjunto arquitectónico -en el que se conjugan a la perfección modernos edificios de no más de 100 años y vestigios antiguos- responde al terremoto que sufrió la ciudad a comienzos del siglo XX y a los continuos bombardeos que soportaron los edificios durante la Segunda Guerra Mundial. Tal es el caso de la catedral, alzada en el siglo XII y que originariamente contaba con un valioso cuadro bizantino, varios sepulcros e inigualables mosaicos. De su construcción inicial se conserva un reloj astronómico, en el campanario levantado a la izquierda, que señala con dos esferas el calendario, el sistema planetario y un globo de fases lunares, y que cobra vida todos los días a la 12:00 h. Cerca de Messina se encuentra otro aliciente: el Parque Regional del Etna, donde se alza el volcán activo más alto de Europa, gracias a sus más de 3.000 metros de altitud, y del que se pueden ver sus fisuras cuevas eruptivas si vas al refugio de Sapienza, a 2.500 metros, y te subes a un funicular.

 

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Islas Griegas

Viajar a las islas griegas sigue siendo tan especial como cuando la élite europea llegaba a este paradisíaco lugar de descanso, en medio del Mediterráneo y el Egeo, buscando su mar, su sol y su luz. Unas islas muy concurridas que se pueden visitar en una travesía que comience en Rodas, donde aún se mantienen en pie unas imponentes murallas mandadas construir por los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, casas y palacios erigidos con piedras, edificios bizantinos y torres medievales.

De Santorini rápidamente llaman la atención sus vertiginosos acantilados que llegan a alcanzar entre 200 y 300 metros de altura y unas azuladas aguas que van cambiando a colores tétricos por el reflejo de su vegetación salvaje que a lo largo de los años ha ido creciendo en este montón de lava. Porque este bello refugio se formó hace aproximadamente 1.500 a.C. Por la explosión de un volcán sumergido y desde entonces aquí se han erigido casitas blancas al borde de las rocas e iglesias con cúpulas decoradas en azul cobalto. En Mykonos, por el contrario, se extienden excepcionales arenales -Plat´ys Gialos, Paragka, Paradise, Super Paradise o Eliá- y un inigualable ambiente nocturno.

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