Ve más allá de la arena y las aguas turquesas. La isla es una perfecta unión entre vanguardia e historia que te cautiva nada más aterrizar. 

A Mallorca, la más grande de las Islas Baleares, le sobra arena y sal. Pero también rezuma historia. Desde su pasado musulmán (presente por ejemplo en los baños árabes y en las murallas de Alcudia) y su papel fundamental durante el Reino de Aragón, hasta sus años dorados como destino de veraneo de la realeza española. En sus calles se oye el catalán y el castellano con la misma fluidez que el inglés y alemán. El turismo europeo es el principal motor económico de la isla; tanto por los jóvenes, habituales de la fiesta de Magaluf, como por los mayores del norte de Europa que eligen Mallorca como residencia de jubilación.

Palma puede recorrerse a pie sin problema, pero si no es lo tuyo, la estación Intermodal se convertirá en tu centro de operaciones. Desde allí podrás tomar metros, autobuses y trenes a casi cualquier punto de la isla.

Día 1: Palma

Dorarte al sol es un plan muy apetecible, pero cambiarás de idea ante monumentos de la talla de La Seu, primera parada en tu viaje. La Catedral de Santa María de Palma de Mallorca se alza a escasos metros de la bahía y del puerto. El lugar idóneo para un templo gótico levantino con aspecto de gran barco atracado en tierra. Junto a ella, el Palacio Real de la Almudaina, residencia de la Familia Real en Mallorca, aunque en la práctica los Borbones se hospedan en el Palacio de Marivent, de titularidad privada. A escasos 500 metros y recordando que estás cerca del mar, la antigua Lonja, antiguo Colegio de Mercaderes y actual sala de exposiciones. La plaza que la rodea es una de las más animadas de la ciudad, perfecta para descansar en alguna de sus terrazas. No pierdas de vista la bahía porque es el momento de comer en su puerto. El restaurante Náutico ofrece una decoración marinera y productos frescos. Comerás como un rey, en concreto como Jaime II, protagonista de la siguiente parada: la Iglesia de Santa Eulalia, donde se le coronó rey de Mallorca en 1276.

Interior de La Seu, la Catedral de Santa María de Palma de Mallorca. Konstantin Tronin / Shutterstock.com
Interior de La Seu, la Catedral de Santa María de Palma de Mallorca. Konstantin Tronin / Shutterstock.com

Emplea el resto de la tarde en perderte por las calles y realizar compras: el Passeig del Born, la avenida Jaume III, Carrer del Sindicat, de la Unió, Plaça del Mercat… No olvides llevarte una buena ensaimada en la centenaria Pastelería Pomar (Carrer del Baró de Santa María del Sepulcre, 12) o una sobrasada en Can Llopart (Carrer de Pasqual Ribot, 15). La Plaza Mayor acoge (martes y sábados) el mercado de artesanía local. Por la noche, Mallorca se contagia de la marcha de la incombustible vecina Ibiza, así que altérnalas para conocer sus mejores discotecas: Pachá, BCM Planet Dance y Tito’s.

Discoteca Pachá Mallorca.
Discoteca Pachá Mallorca.

Día 2: Cuevas del Drach, Manacor e Isla de Cabrera

La música clásica sonando en cuevas milenarias y un paseo en barca por un lago subterráneo. Ese es el plan que proponemos para el segundo día, una excursión a las Cuevas del Drach, el mayor y más escondido tesoro de Mallorca. Y justo al lado, en Manacor, otro no tan oculto. Las famosas perlas artificiales de Majorica que compiten en protagonismo con la tierra batida de las pistas de tenis en las que creció Rafa Nadal. La Isla de Cabrera pide a gritos otra excursión: el castillo, el puerto, el Faro de n’Ensiola y navegar entre islotes. Y por la tarde, y de regreso a Palma, te espera el Museo de Historia, que se resguarda en el castillo de Bellver. Curioso por su planta circular y sus cuatro torres, una más grande que las demás, la del Homenaje. Desde allí se divisa la inmensa Sierra de Tramontana, el Pla de Mallorca y toda la bahía.

Cuevas del Drach.
Cuevas del Drach.

Día 3: en tren hasta Sóller

Nostalgia y un paseo por el mar es el plan para tu último día. La jornada empieza temprano desde los exteriores de la estación Intermodal, donde sale el tren de Sóller. En funcionamiento desde 1912, atraviesa la Sierra de Alfàbia, Bunyola, varios puentes y un viaducto. Te gustará tanto el trayecto como pasar el día en la localidad. Para llegar a su puerto, súbete al primer tren eléctrico de la isla, el tranvía también centenario, de 1913. Cualquier kilómetro de la costa mallorquina por el que navegues es agradecido, pero lo es especialmente el que recorren los barcos azules, tu cita para la tarde. Parten del Puerto de Sóller, bordean Sa Calobra y llegan hasta una pequeña cala natural, el Torrent de Pareis.

Tren a Sóller.

En sólo dos días más…

Si puedes ampliar tu viaje, tu siguiente destino debe ser Valldemosa, una villa empedrada en la que destaca su cartuja. En una de sus celdas se alojó Chopin durante unos meses y hasta allí mandó traer su piano. No fue el único. Miró vivió hasta su muerte en la isla y su taller permanece intacto en la Fundación Pilar y Joan Miró (Palma). Desde Valldemosa y en dirección Deyá, para en el mirador con vistas a Sa Foradada, una roca arenisca agujereada por la erosión que entra al mar y uno de los símbolos de la isla. La playa del Puerto de Alcudia es una de las mejor valoradas, así que debe ser el destino de otra jornada. Todos los días (excepto los lunes), cientos de puestos recorren la antigua ciudad amurallada Pollentia.

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