‘Es como el espadazo infinito que dejó marcado un ángel antes de irse al cielo’.

El famoso explorador David Livingstone perseguía una leyenda. Decían que en el sur de África había una garganta que rugía en medio de la selva. Una grieta que dividía uno de los ríos más anchos del continente y de cuyo corazón nacía la tormenta. Un lugar conocido en la zona como Mosi-oa-Tunya, el humo que truena.

Hay lugares que sabes que vas a visitar antes de morir. Sitios que te llaman poderosamente y cada vez que escuchas hablar de ellos tu corazón palpita más fuerte. Desde niño me había asombrado la historia del Doctor Livingstone y siempre había soñado con ver con mis propios ojos el summum de sus descubrimientos, las cascadas más famosas de África, las cataratas Victoria.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Zimbabue me conquistó inmediatamente la alegría contagiosa que desprende el ambiente. La música coral y embriagadora que bailaba al compás de la sabana. Brillaban las decenas de sonrisas de blanco resplandeciente que se dibujaban tan solo por recibir nuestra llegada. Me declaro enamorado incondicional de la gente de África.

Mi gran amigo Jorge y yo compartimos taxi con un par de aventureras australianas que se unirían a nuestro viaje en ese momento y no se separarían hasta el final. Sólo viajando se crean lazos con tanta gente en tan poco tiempo. Alicia y Hafizah, siempre tendréis dos amigos en España.

Por un puñado de dólares en poco más de 30 minutos llegamos al pueblo. Centenares de carteles de todos los colores coincidían en recordarnos que las cataratas Victoria eran las protagonistas indiscutibles de la zona. A varios kilómetros de distancia del Parque Nacional, patrimonio de la Unesco, era visible la descomunal cortina de humo que escupía la cascada. La tierra vibraba bajo los pies y el bramido era constante y atronador. Dejamos nuestras maletas en el hotel y salimos volando para tomar el primer contacto con la maravilla que habíamos ido a conocer.

Atravesamos una pequeña ciudad decorada con casitas bajas, cabañas de madera, hoteles para todos los bolsillos y cientos de tiendas de souvenirs que ofrecían recuerdos de la caída de agua más famosa del continente. Todos los viandantes con los que nos topamos nos saludaban hospitalarios, como si nos conocieran, preguntándonos si podían ayudarnos a encontrar la entrada al Parque o queríamos algún abalorio hecho por ellos mismos. Me sorprendió cruzarnos en la calzada con varios ‘Pumbas’ sacados directamente del Rey León o recibir las advertencias de los transeúntes para evitar ciertos caminos en los que podríamos encontrar búfalos salvajes, libres. Zimbabue es un país que convive en abosluta armonía con la naturaleza.

Parque Nacional Cataratas Victoria

Guiándonos siempre por el inconfundible sonido de las cascadas y tras horas sorteando caminos sin asfaltar, una carretera poco transitada y las vías de un viejo tren que aún estaba en funcionamiento y cuya ruta llegaba hasta El Cairo, llegamos por fin a nuestro destino, la entrada al Parque Nacional de las Cataratas Victoria.

Una pequeña puerta era lo único que nos separaba del balcón con unas de las vistas más increíbles. Dejamos a nuestras espaldas el pórtico por el que accedimos al Parque y nos dirigimos a toda prisa a primera línea de abismo. Rápidamente comprobamos que el esplendor y la magia nos daban la bienvenida con una lluvia protectora que nacía de lo más profundo de la grieta y envolvía más de 500 metros a la redonda inundando el camino. Teníamos la misma sensación de movernos bajo una tromba de agua cálida e infinita. Merecía la pena aceptar el reto, en el corazón de la tormenta se hallaban unas cascadas legendarias, mágicas y mitológicas para los más intrépidos aventureros. Por fin nos encontramos de tú a tú con un anfitrión que todo lo dejaba pequeño ante su presencia, nos situamos, por fin, cara a cara con las Cataratas Victoria.

Más de kilómetro y medio de grieta, un salto mortal de 100 metros de alto para el cauce del río Zambeze. Millones de litros del líquido elemento caían hacia el infinito y formaban una gigantesca cortina de agua inexpugnable y encolerizada que se rompía violentamente en pedazos. En la explosión de agua que se generaba se dibujaba un arco iris inmóvil, destellante y silencioso, desafiando al caos que lo originaba y marcaba el inicio de un nuevo río en el fondo de la garganta.

Hay varias terrazas naturales donde se puede contemplar esta obra de la naturaleza y cada ángulo descubría un secreto nuevo.

Contiguo al enorme acantilado, un arco de hierro, acero y madera une Zimbabue con Zambia. Un puente que forma parte de las raíces de la zona, con más de mil años de antigüedad, anclado a los límites de la esperanza y que deja el caudal del Zambeze a más de 125 metros de distancia debajo de él.

Disfrutamos de unas horas absolutamente embriagados por un paisaje que nos recordaba que el ser humano es insignificante ante la inquebrantable y magnánima naturaleza.Comprendimos por qué los lugareños llamaban a esta caída de agua Mosi-oa-Tunya, el humo que truena, hasta que el explorador Livingstone la acuñó con el nombre de la reina de Inglaterra.

 

Salimos del Parque Nacional con ganas de disfrutar de este entorno de todas las maneras posibles, y planes no nos faltaban. Habíamos escuchado que existía la posibilidad de guardar en la retina unas imágenes que ni el mismísimo Livingstone pudo soñar, sobrevolar la herida en la tierra a vista de pájaro. ¿Has montado alguna vez en helicóptero?

Una maravilla de la tierra, desde las nubes

Barcos, aviones, trenes, coches, motos, barcas de remos, globos aerostáticos… Creía que había probado casi todos los medios de transporte que existían, pero me reservaba el helicóptero para una ocasión realmente especial. En la ciudad existe la posibilidad de vivir esta aventura. No lo pensamos dos veces, nos dirigimos al punto de extracción y nos adentramos en la estructura de metal. El habitáculo era muy pequeño, pero suficiente para que Jorge y yo nos pusiéramos en las manos de Eric, el mejor piloto de África, y echáramos a volar.

Las hélices no tardaron en girar y nos suspendimos colgados del cielo en cuestión de segundos. Una cabina de cristal transparente permitía una visión casi global del viaje. Pudimos apreciar cómo se resquebrajaba la tierra y el río Zambeze, que parecía un mar, se partía en dos como si el propio Moisés hubiera dividido la tierra y el agua se perdiera por el desagüe. La columna de humo señalaba el epicentro de las cascadas y cuando el ave de acero se acercó a unos pocos pies del suelo pudimos contemplar una vez más cómo la vida salvaje corría libre por la sabana. Grandes manadas de elefantes, grupos de jirafas, cebras o búfalos nos sorprendían con cada giro de nuestro viaje entre las nubes. Nos sentíamos como en la expedición de Alan Grant en Isla Nublar. Fue una experiencia brutal.

 

Caminando con el Rey de la Selva

Las cataratas eran motivo más que suficiente para atravesar casi todo el continente y mirar a la cara a un espectáculo natural único. Pero había otro aliciente por el que también merecía la pena el viaje, la posibilidad de caminar con leones africanos.

La población del león ha disminuido alarmantemente en los últimos años en África, cayendo alrededor de un 25%. Ha pasado a ser una especie realmente amenazada por culpa de la caza y el tráfico ilegal de animales. En África Occidental su estado está en ‘peligro crítico’ y sólo países como Sudáfrica, Botsuana, Mozambique o Zimbabue luchan con todas sus fuerzas para preservar la especie.

No muy lejos de las cataratas Victoria hay un lugar cuya misión es proteger a esta joya de la naturaleza. El Antelope Park se ocupa de cuidar, mantener y repoblar al león africano en el territorio de Zimbabue. Los animales que crecen en cautividad en el campamento es porque habían sido abandonados, estaban heridos o les habían alejado de sus madres al nacer. El contacto con los hombres desde cachorros les ayuda a no asustarse ante presencia humana, y el dinero que se genera con esta actividad ayuda a preservar al resto de su especie. De no ser por centros con este espíritu, estos mamíferos no tendrían defensores que dedicaran su vida a salvarlos y sería cuestión de tiempo que desapareciera hasta el último león por culpa de la avaricia humana.

A pesar de que la distancia no era muy grande, la camioneta tardó cerca de una hora en atravesar el tramo que separaba el pueblo del Antelope Park. El camino era abrupto, la tierra estaba embarrada y en cualquier momento podía cruzarse un animal salvaje. No teníamos prisa.

El paisaje seguía siendo de árboles bajos, terreno árido y estaba a la espera de ver alguna valla que nos indicara que habíamos entrado en el recinto acotado. Sin embargo, esa frontera con la libertad nunca llegó. Nos dirigíamos a un lugar lleno de leones, pero sin verjas, sin barrotes, sin jaulas.

Cuando por fin llegamos al lugar, nos recibieron como siempre te reciben los verdaderos nativos de la zona, con una interminable sonrisa y una mirada brillante, limpia, abierta hacia el alma.

Los animales que íbamos a ver eran jóvenes, tenían alrededor de un año y medio, eran muy activos e inquietos. Del tamaño de un mastín grande, tenían la piel moteada y unos colmillos perfectamente afilados. El león duerme unas 20 horas al día, son muy perezosos, pero cuando está despierto, está muy vivo.

Antes de acariciar a un león, necesitábamos unas directrices básicas que convenía cumplir. Su ADN es y será siempre salvaje:

-No debíamos ponernos delante de ellos.

-Evitar mirarles a los ojos.

-Acariciarles siempre desde el lomo y mantener movimientos muy, muy relajados.

Estábamos preparados, queríamos compartir el trono con el Rey de la Selva y no había tiempo que perder.

 

CONTINUARÁ…..

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