Dublín no solo es conocida por su famoso Temple Bar, su concurrida calle O’Connell Street, su Trinity College o sus iglesias, sino que esconde mucha más historia y leyendas entre sus calles adoquinadas.

Una visita obligada, es el castillo de Dublín, el cual en sus tiempos fue residencia real, fortaleza militar y sede del Tribunal de Justicia Irlandés, hoy en día es un centro de arte, donde se realizan reuniones del estado.

Escapada a Dublín, Natalia por el mundo

Es curioso poder apreciar un castillo en medio de la ciudad, el choque de contrastes causa impacto en tu rostro. Con los años sufrió dos incendios, los cuales provocaron que con sus reconstrucciones se cambiaran sus estilos arquitectónicos, la única parte que sigue intacta como la original es el torreón donde se puede apreciar su estilo medieval con sus imponentes murallas y amplios jardines verdes, es una visita de las más recomendadas y si puede ser amenizada por el relato de un guía español aún mucho mejor, para poder ser conocedor de cada una de sus historias.

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No mucho más lejos de la visita al Castillo, encontramos otra de las catedrales más importantes de Dublín, la Catedral de Christ Church o de la Santísima Trinidad, construida por un rey vikingo hace unos mil años, es considerada la más antigua de Dublín y la más impresionante arquitectónicamente, consta de 19 campanas, cada una de ellas toca en diferente tono. Su estilo gótico – medieval  y su esencia siguen intactos a lo largo de todos estos años.

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Una de las particularidades de dicha catedral, es que se comunica a través de un puente atravesando la calle. Realmente tiene un encanto singular y vale mucho la pena visitarla por dentro y conocer sus leyendas.

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Dublín es una ciudad muy cómoda de visitar ya que todo está muy cerca y es de fácil acceso, en seguida te ubicas por su gran cantidad de puntos de interés, todos ellos en el centro de la ciudad. En dos días puedes visitar al completo la ciudad y dedicarle un día entero a una de las excursiones que te ofrecen a las afueras.

Hay una gran variedad y todas ellas con preciosidades que descubrir,  nosotras finalmente decidimos hacer la más recomendada que eran los Acantilados de Moher, en la costa oeste, considerada como la primera atracción turística de Irlanda.

Teníamos muchas ganas de ver más allá de esa bonita ciudad y observar esos lustrosos paisajes verdes que tanto caracterizan a Irlanda. Partimos a primera hora de la mañana hasta llegar a nuestra primera parada, Galway, una de las ciudades más turísticas de Irlanda, allí pudimos disfrutar una hora y media para poder conocer su centro histórico, su catedral y como no, todas sus pequeñas tiendas artesanas que endulzaban nuestros ojos.

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Cuando de nuevo nos aposentamos en nuestros asientos, continuamos la ruta por las carreteras costeras, de las más bonitas de Irlanda, pasando por el Parque Nacional de Burren, caracterizado por su zona pedregosa y sus juguetonas olas, nuestro guía nos ofreció la posibilidad de hacer una mini parada para poder tener un poco de contacto con esa bonita estampa del mar junto con ese rocoso suelo, pocos bajaron, mi hermana y yo fuimos inducidas por las ganas que tenía el guía de enseñarnos el lugar, a medida que nos íbamos acercando, de repente una enorme ola chocó contra esas gigantescas piedras y nos dejó a todos empapados de arriba abajo, nuestra primer pensamiento fue matar al guía, pero luego hasta nos resultó divertido, una vez mojadas, ¿por qué no acabar de rematar la parada y disfrutar de esa sensación de conexión con la naturaleza? Así que subimos al autocar chorreando, ahí ya no era tan agradable la sensación, pero pronto se nos pasó distrayéndonos con el paisaje a medida que íbamos avanzando, hasta llegar a nuestra siguiente parada: el Castillo Dunguaire, uno de los castillos más fotografiados de Irlanda debido a su ubicación dentro del mar  y a su tenue paisaje solitario que lo acompaña.

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Durante los meses de verano, abren el castillo y cada noche celebran un Banquete Medieval con actores vestidos de época recitando hermosos temas de la literatura irlandesa e interpretando música tradicional del país.

Como ya sabemos, Irlanda es un lugar de leyendas y en cada uno de sus castillos, iglesias, catedrales… alberga una de ellas… En este caso, según cuenta la leyenda, el señor del castillo era un hombre muy generoso y aún después de su muerte, siguió siéndolo, uno de los mendigos a quien ayudaba una vez muerto se acercó a su tumba preguntándose que ahora ya no volvería a disfrutar de su generosidad, cuando se sorprendió al ver que una mano esquelética le dejo a sus pies varias monedas de oro. Hoy en día se dice que si una persona permanece enfrente de la puerta principal y formula una pregunta, tendrá una respuesta a su pregunta al final del día.

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Nuestro viaje continuaba hasta llegar al destino estrella, los acantilados de Moher, donde se puede disfrutar de uno de los paisajes más sorprendentes y espectaculares de Irlanda.

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Nada más llegar estábamos tan deseosas de poder divisar esa maravilla de la naturaleza que no hicimos mucho caso al Centro de visitantes, sitio donde te explican sobre la formación de esas gigantescas paredes y donde puedes ver una proyección en 3D que nos lleva a sobrevolar aquellos acantilados.

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Nos fuimos directas a esas paredes verticales de 216 metros de altura, con una extensión de unos 8 kilómetros bañados por las enormes olas del mar Atlántico. Boquiabiertas ante tal majestuosidad, no podíamos quitarle ojo a ese paisaje, aún con el mal tiempo que nos acompañó, no quisimos perder ni un minuto en poder recorrer y descubrir cada rinconcito. No obstante, hay que decir que los acantilados de Moher, constan de 750 metros de senderos que lo recorren, pudiendo pasar un día entero paseando por ellos. Nosotras no disponíamos de tanto tiempo, así que decidimos coger el sendero de la izquierda disfrutando de cada una de sus perspectivas, en cada sitio que parábamos teníamos la obligación de sacar unas instantánea de tal abrumador paisaje, de fondo aquel característico sonido del golpeo de agua de mar sobre las poderosas paredes de naturaleza irlandesa, contrastes de verdes por doquier, asombrosa representación irlandesa que te obligaba a contemplar, sentir e interiorizar.

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Uno de los mejores miradores que nos podemos encontrar entre los senderos es la torre O’Brien, construida con el fin de poder contemplar en su plena magnitud los espectaculares Cliffs of Moher.

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