La zona más elevada de la tierra, con una altitud media de 4.900 metros, es el centro neurálgico del budismo. Lugar donde se asienta la cadena montañosa más alta del planeta: el Himalaya. Prepara tu viaje al Tíbet y déjate envolver por sus nubes.

¿Por qué transitar por el Tíbet? Se trata de una oportunidad especial de visitar el techo del mundo y apreciar el monte Everest. Es un punto culminante, donde podrás admirar los colosales paisajes de la montaña, además de conocer, de primera mano, la hermosa y maravillosa cultura tibetana.

Viaje al Tibet Everest Viajes Carrefour
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Caminar por las calles de Lhasa y vislumbrar el Palacio de Potala se convertirán en unas experiencias que se te quedarán grabadas en la retina. No dudes en acercarte a los monasterios de lugares como Gyantse y Xigatse. Por último, empápate de sus tradiciones budistas.

Encuentra vuelos al Tíbet con Viajes Carrefour. No te arrepentirás de abrazar las nubes en este viaje de larga distancia, que te aportará, paz, tranquilidad, amor y alegría.

Acaricia el cielo y respira espiritualidad

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El Tíbet te regala un cielo limpio, de un azul intenso. Sus paisajes se caracterizan por el contraste de colores que podrás contemplar en todo su esplendor. Desde el azul celeste, pasando por el blanco de las nubes o marrón rojizo de las montañas, hasta el verde de los prados. Te sorprenderá el brillo de colorido del techo del mundo.

La espiritualidad, que se concreta en el budismo tibetano, imprime a sus gentes un don especial. Personas que lo dan todo, sin esperar nada a cambio. Te agasajan con la mejor de sus sonrisas y están llenas de humanidad y humildad.

La Revolución Cultural China desbarató centenares de monasterios y muchos lamas se refugiaron en India o Nepal. A pesar de ello, la región atesora, intactos, monasterios, templos, palacios, murales y estatuas budistas. Su sociedad, hondamente religiosa, reza en los templos a diario y las peregrinaciones son habituales entre los nativos.

Namasté es la palabra mágica que emplean los oriundos, cuya sonoridad vibrará en tu interior. Significa “que los dioses recojan tus virtudes”. Es una manera de reconocer los valores de cada persona. Un saludo y una despedida espirituales que no te dejarán indiferente. 

Lhasa: el alma del Tíbet

Lhasa el alma del Tibet viaje
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En tu viaje al Tíbet, no has de perderte la ciudad de Lhasa, capital de la denominada Región Autónoma del Tíbet. Es su alma y la urbe tradicional de los lamas. Recalar en ella implica apreciar la riqueza espiritual, cultural y humana de los tibetanos.

En esta ciudad, cuya minoría étnica más numerosa son los han es, sin lugar a dudas, una ciudad distinta. El mayor atractivo de la urbe es su gente, aunque, debido a la opresión que sufre la región del Tíbet, suelen tener miedo a entablar conversación con otras personas y, particularmente, con turistas. A pesar de ello, es factible que, pasado un tiempo, puedas establecer algún vínculo.

En tu recorrido, no ha de faltar la visita al Palacio de Potala, sede de los legendarios lamas. Estamos ante la construcción más elevada de todo el Tíbet y el palacio más alto del planeta.

Calificado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, se alza sobre el monte Rojo, donde hunde sus cimientos. Es la máxima expresión de la arquitectura tibetana, con sus 13 pisos, que se elevan hasta los 110 metros de altitud.

Tampoco obvies el Monumento de Liberación del Tíbet, símbolo de libertad, alegría, lucha y tesón. Además de otras muchas cuestiones que el pueblo tibetano reivindica, debido a las continuas vejaciones a las que se ha visto sometido.

El Templo de Jokhang es otro de los lugares que no ha de faltar en tu tránsito. En torno a él, se arremolinan muchas personas, procedentes de todos los rincones de la región, que acuden a rezar. También fue nombrado Patrimonio de la Humanidad y, desde sus cuatro pisos, se puede divisar el Palacio de Potala.

Viaje al Tibet Templo de Jokhang
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Si quieres llevarte un buen recuerdo, puedes recalar en el Mercadillo de Barkhor. Allí se hallan puestos con toda clase de artículos, aparte de personas que alzan sus plegarias. Es un mercado que se monta a diario, se levanta sobre la plaza del mismo nombre y se adentra por las callejuelas colindantes.

Estos son los principales encantos de la capital tibetana. Asimismo, cuenta con el Monasterio de Drepung, el Monasterio de Sera, Yumbulagang y el tren de Lhasa a Xian, entre otros lugares de interés.

Cultura milenaria

Apreciarás que la vida cotidiana del Tíbet está marcada por el arte. Es expresión de un profundo sentido religioso, arraigado en el budismo tibetano.

Lo vislumbrarás en las estatuas talladas con exquisitez y minuciosidad que se sitúan en las Gompas. ¿Qué son? Se perfilan como fortificaciones eclesiásticas, mezcla de castillo, convento o monasterio y universidad.

Asimismo, aparecen en las esculturas de madera y los laberínticos diseños de las pinturas thangka. Estas son piezas de seda en forma de tapiz o bandera budista. Se sitúan en monasterios o altares familiares y, en ciertas ocasiones, lo llevan los monjes budistas en las procesiones.

El Tíbet acoge multitud de festivales y ceremonias. Comencemos por Losar, la festividad de Año Nuevo. Una celebración que se extiende durante 15 días y cuyos festejos se centran en los tres primeros días.

Continuamos con el Festival del Baño, muy consolidado en la religión autóctona y que también ha recibido influencias del exterior. Cada persona pasa por esta ceremonia durante tres etapas en su vida: cuando nace, cuando se casa y al morir. Nos hallamos ante un credo bastante extendido y que consiste en que las personas solo se bañan en ocasiones especiales y no de forma frecuente.

Por lo tanto, un viaje al Tíbet es una estupenda oportunidad para ahondar en los principios del budismo y conocer a fondo paisajes que te traerán paz y armonía. Transitar por el Tíbet es una experiencia para vivir, contemplar el mundo desde otra perspectiva y acercarte a la humanidad de la población autóctona. La espiritualidad, Lhasa, el alma de la región y su cultura milenaria te harán sonreír y disfrutar. Buen viaje y namasté.

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